Vienna

Hay canciones que uno escucha cientos de veces y no cobran sentido hasta que parece que cuentan tu propia historia. Eso me ocurrió con Vienna, de Billy Joel, que días atrás me evocaría únicamente la icónica escena de Si yo tuviera 30, en la que Jenna Rink confundida, frustrada y con el corazón roto, vuelve a casa de sus padres, deseando profundamente volver a tener 13. Y no es por casualidad que algunas escenas se iconizan y se vuelven inmortales gracias a la banda sonora que las acompaña.

Imaginemos que toda nuestra vida cuenta con una banda sonora y que cada momento específico tiene la canción perfecta. Mi caso con Vienna, parece algo más como un leitmotiv: repetitiva y aplicable a distintos momentos, porque es en resúmen, la forma en la que he estado viviendo. Constantemente me grito Slow down! a cada desespero y también ando acelerando sin desacelerar. Comenzando caminos nuevos cuando estoy a mitad de otros y sobre todo, sintiendo que tengo más metas por cumplir que vida por vivir. 

Sobre eso, Sylvia Plath escribió: “Nunca puedo leer todos los libros que quiero; nunca puedo ser todas las personas que me gustaría ser y vivir todas las vidas que desearía vivir. Nunca puedo entrenarme a mí misma en todas las habilidades que me gustaría tener y, ¿por qué las quiero? quiero vivir y sentir todas las sombras, tonos y variaciones posibles de la experiencia mental y física de mi vida. Y soy horriblemente limitada.” Eso es entre pocas palabras posibles, desasosiego, la intranquilidad que produce sentir que aunque estoy haciendo algo, debería estar haciendo mil otras cosas, a pesar de mis dos manos, a pesar de mi único cerebro, a pesar de mi exclusivo par de ojos, a pesar de lo que soy capaz y a pesar de mí. Y aunque en ocasiones me he jactado de mi determinación y capacidad de tomar y asumir decisiones, no había caído en cuenta que decidir por varias opciones al tiempo, puede implicar lo mismo que no decidir nada.

De niña estaba bien soñar que podía ser lo que quisiera, pero no había aprendido que seguir siendo yo también vale y también basta. Tal vez de esa forma no habría sobreestimado tanto mi capacidad ni habría intentado abarcar tantas vidas en una sola, porque en medio de decisión y decisión no me ha estado quedando espacio para el respiro y respirar es fundamental antes de superar una nueva marca en levantamiento de peso, antes de empezar una carrera, antes de hacer cualquier cosa que más adelante pueda robarnos el aliento. Cuando finalmente no puedo mantener mi entusiasmo absoluto en conseguir algo único, sino que me toca repartirlo entre todas esas unicidades, siento que traiciono a esa niña soñadora. Tal vez la subestimé todo este tiempo y realmente ella sí pueda entender que los viajes imaginarios no siempre coinciden con los tangibles y que nada le roba lo soñado. Tal vez soy yo la que no he encontrado las palabras adecuadas para contarselo, como si realmente existieran y no fuesen más que un puñado de letras tratando de darle un orden secuencial a las ideas. A veces paso un tiempo sin verla y la niña de repente parece alguien extraño y distante.

Hay una sensación específica que sentimos cuando ha pasado un buen periodo sin vernos con alguien que solia ser muy cercano y que por circunstancias o quiebres en la relación terminamos alejándonos. Al encontrarnos de nuevo con esa persona ocurre un choque emocional, no exactamente por el tiempo que demoramos alejados, sino porque la persona que tenemos en frente no coincide más con lo que nuestros recuerdos perdidos nos dictaban, vemos a esa persona, pero no la reconocemos. Es el shock de lo desconocido, el principio del vacío. Si conmociona no reconocer a otra persona aún en el momento del reencuentro, ¿cuanto más no nos irá a conmocionar si a quien no conseguimos reconocer es a la persona que vemos en el espejo? Y ese reencuentro, que aparentemente sucede a diario de forma superficial es (casi siempre) el que más nos cuesta.

Ojalá esa niñita hubiese soñado con ser ella misma y apenas eso, así no me sentiría en deuda con ella, o quizás, lo único que ella realmente soñaba era ser soñadora y soy yo la que ha estado aterrizándole el avión a la fuerza. Seguimos teniendo tanto en común. Si le contara que el cabello de las sienes le sigue volando y que cuando el viento para de soplar se le encrespa tras las oreja, que los ojos se le siguen viendo mucho más cafés y transparentes cuando llora y la nariz se le hace redonda y roja. Si esa niñita me encontrara a mí cada vez que la necesito cerca, me costaría menos buscarla cada vez que escribo.

Hoy decidí hablarle de Sylvia Plath y del desasosiego, contándole que a ratos la encuentro en fragmentos de textos y poemas que alguien más escribió, sin que tenga que parecérsele, porque Sylvia Plath no tuvo un final feliz, ella también vivió desasosegada y no pudo parar. Contándole que otras veces la encuentro en canciones, que me sirven de argumento y que el fragmento –When will you realize, Vienna waits for you-,  no necesariamente habla de un lugar físico. Metafóricamente, Vienna es el lugar donde vivo el conjunto de vidas que imagino vivir y que no son la vida que está sucediendo. Vienna espera por mí, y puede continuar esperando, porque antes de llegar allí siempre necesitaré hacer algo, porque estoy viviendo quien sabe qué cosa que me impide ir. Vienna son las veces que consigo terminar la historia, leer el último capítulo del libro, hacer la llamada que juré que haría. Vienna es terminar mis cuadros, plantar mis tomates, irme a La Toscana. Vienna me espera mientras todo lo que hago es planear estar en Vienna, porque si estuviese, de hecho en Vienna, me habría adelantado y a pesar de eso, sentiría que llegué atrasada.

Vienna me espera en el sosiego, en el que te explico de nuevo, niña, que está bien si hoy no fuimos. Porque aunque Vienna sea destruída  y no sobre más que el terreno donde alguna vez se levantaron sus casas y monumentos, yo la reconstruiré de nuevo para tí. Y Vienna te seguirá esperando, hasta que en lugar de soñar con ir, finalmente decidas encontrarme allí. Vienna me esperaba a los 4 y me sigue esperando a los 24. Mientras me espera, intento deshacerme de aquella certeza mantenida como secreto a voces por todos los seres humanos, de que cada uno es único y especial. A cambio de eso, procuro hacerme mejor, esperando que aquella niñita se sienta orgullosa y nos sigamos reconociendo a través del cambio y decirle que lo ha estado haciendo bien, que jamás olvide aquello que realmente necesita, para que me lo recuerde a cada reencuentro frente al espejo, hasta que consigamos reencontrarnos en Vienna o de golpe nos demos cuenta que ya estamos allí.

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