Esta semana noté que uno de mis momentos preferidos es cuando por las noches, casi abrazando el cansancio de la jornada, me acuesto en el suelo y pongo un par de canciones que me ayudan a sentirme en paz. En esos intantes de profunda nada, disfruto el no tener a nadie más alrededor y el poder tener esos espacios de completa simplicidad.
Nacimos en este entorno acostumbrado a coleccionar deudas, objetos y resentimientos, que complican nuestra voluntad de hacernos a un lado y crear un destino diferente al que nos han puesto al frente.
Yo no quiero deudas ni deudores, no necesito mantenerme optimista. No quiero hacer de mi vida una casa lujosa, sino un hogar cálido. No quiero cargar con las expectativas que mi familia ha intentado poner sobre mí. No llenaré unos zapatos que ni siquiera son mi estilo. Me alegra no ser alguien más y me reconforta querer compartirme. Quiero reducir el guardaropa físico para que todo quepa siempre en una maleta y quiero reducir también el del alma, para que solo pueda vestirla de una única forma, lo más auténtica y genuina posible. A veces queremos que nos bajen la luna y las estrellas, solo porque nosotros estaríamos dispuestos a hacerlo.
En otra época esto me fue difícil de entender, porque las personas están constantemente esperando algo de los demás, y provocan que su paz y su tranquilidad dependan de ello. Los padres, esperan mucho de sus hijos, los hijos esperan todo de sus padres, los amigos esperan algo de sus amigos y sucesivamente, construimos relaciones basadas en una mal llamada reciprocidad, porque esperamos que el otro juegue exclusivamente bajo nuestras propias reglas. Entonces, si tu forma de demostrar amor es comprando regalos costosos, esperarás que hagan lo mismo por tí. Si siempre estas dispuesto a escuchar los problemas de la gente para demostrarles que te importan, esperarás exactamente lo mismo de ellos, aunque las formas en que se puede demostrar que alguien te importa sean tan diversas como las mismas personas. Qué fácil es sentirse decepcionado cuando alguien no actua de la forma que queremos y esperamos; pero es que nadie está en la obligación moral o afectiva de cumplir con nuestras expectativas.
Somos expertos en ir por la vida ¨soltando cargas¨ y no nos fijamos en la espalda de quien las soltamos.
El concepto de reciprocidad, de hecho, surgió en la dinámica mercantil, con el trueque, en el que una persona podía intercambiar una cosa por otra. Es decir, que si yo tengo un huerto de tomates y tu tienes un cultivo de papas, yo podría intercambiar algunos de mis tomates por papas y será un intercambio justo; o desde el punto de vista de la psicología social, corresponder una acción positiva con otra acción positiva. En ningún momento la reciprocidad se ha tratado de ser retribuido exactamente con lo mismo que damos, porque justamente parte del principio de que no todos tenemos lo mismo para dar.
Suena tonto pedirle a alguien que te cambie un billete de $50 por uno exactamente igual, a menos que el tuyo sea falso. Así que, ¿por qué esperamos que las personas nos retribuyan tal y como nosotros lo queremos y no de la manera en la que la otra persona puede y sabe hacerlo?
Cuando vivimos haciendo el bien de forma desinteresada, todo lo que recibimos, es sorpresivo y suficiente. Con esto no me refiero a que es bueno aceptar que alguien nos menosprecie o degrade, sino a evitar dramatizar el capricho de no obtener lo que queremos de la forma en que lo queremos, porque el margen de frustración es demasiado alto y el primer acto que surge es culpar a alguien más. Tampoco me refiero a cuando en una relación, una persona alimenta las ilusiones de otra pretendiendo luego no asumir ninguna responsabilidad, porque lo que valida un trueque, es que el intercambio sea justo, pero justo no traduce necesariamente que lo recibido será exacto a lo ofrecido.
La levedad de sentir que la vida no me debe nada, es lo que me permite vivirla, porque eso es justamente lo único que la vida misma demanda de mí. Poder disfrutar de los momentos de profunda nada, lo es todo.