Siempre que tengo una idea con trasfondo ontológico y quiero escribir al respecto, me veo en la obligación de buscar autores conocidos en los que pueda sustentarme. De otro modo, no pasaría más que de un texto personal, corto de argumentos y más emotivo que denso.
Esta semana se me ocurrió que no solo yo, sino todos los seres humanos crecemos con una necesidad de redención, que llegado el momento, intentaremos suplir a través del desarrollo de la espiritualidad, la práctica filosófica, la filantropia, el arte o el contacto con la naturaleza. En uno o varios momentos durante nuestra vida nos planteamos desconectarnos de la realidad, como si se tratara de algo tangible o ajeno y no de aquello que somos capaces de observar y percibir.
Ese querer desconectarse surge principalmente cuando nos sentimos un poco perdidos; entonces esperamos que un viaje al campo, una visita a la finca de los abuelos, un paseo entre amigos, una ida a la playa, un nuevo curso de pintura, un voluntariado o un retiro espiritual nos devuelva a nosotros mismos resolviendonos el camino de retorno. Y funciona, la mayoría de la veces, pero es solo regresar a la rutina que la sensación de pérdida regresa junto a los horarios.
Pareciera que la rutina no tiene más que prejuicios para nuestro equilibrio interno, pero si observamos bien, somos de hecho esencialmente seres de rutina. Entonces, ¿cómo algo que es tan natural puede acabar perjudicandonos?… Porque hasta para crear rutinas es necesario un poco de libertad y es ahí donde empieza nuestra caída en picada hacia el sentimiento de pérdida y alienación hacia nosotros mismos.
Philipp Mainländer, autor de ‘Philosophie der Erlösung’, que traduce ‘Filosofía de la Redención’ o de la Liberación (ambas palabras aceptadas para el mismo término), afirma que el ser humano sufre un miedo profundo de desaparecer y que, al mismo tiempo, parece encontrar una extraña ligereza o regocijo en la paz que le produce conocer el final del fenómeno de su existencia. Tal vez eso explique por qué necesitamos pequeñas y grandes inflexiones en nuestra vida para reencontrarnos o liberarnos de nosotros mismos, para deshacernos por periodos, de la sensación de miedo que produce nuestra propia desaparición en el día a día. Por otro lado, justamente una de las reflexiones que nos permite las nuevas experiencias, es sobre la brevedad de nuestra existencia, el sentimiento de que ni la dicha ni la desgracia nos acompañan perpetuamente porque lo que tenemos por seguro es nuestro final y eso, nos produce un estado de serenidad y autocomprensión.
Cuando nos hacemos conscientes de esa paz que nos ofrece la seguridad de tener un fin, la necesidad de acumular se vuelve torpe e insignificante, excepto la acumulación de recuerdos, sobre todo, los compartidos, que tienen más chances de perdurar.
Cuando conseguimos redención o liberación de ser, encontramos todas las otras libertades, incluso la de ser felices. “La felicidad sólo es real si es compartida” escribió en la madera el viajero y diarista Christopher McCandless, un poco antes de morir de inanición, tras dos años de peregrinación por la naturaleza silvestre de los Estados Unidos en un intento radical de renunciar a todo lo que implica llevar una vida convencional, consumista e industrializada. Historia retratada por el director Sean Penn en ‘Into the Wild, 2007.
Es justo esa revelación del auto-llamado Alexander Supertramp la que me hace pensar que nuestro viaje interior es tan complejo que nos arrastra a realizar viajes externos iguales de complejos y que el camino, cualquiera que ese sea, es más leve y significativo cuando se comparte.