Cíclicamente soy invadida por asuntos que llegan a mí en forma de libros, películas, artículos, frases, noticias, podcasts y contenidos en múltiples formatos que alguien me recomienda y que yo, por aprecio y respeto a quien lo hace, le invierto algo de tiempo en consumo e investigación. Esta invasión a veces parece más un bombardeo de información y conscientemente me lleva a aprender algo que perdurará por el resto de mi vida.
El gusto por aprender en todo momento es similar a dejar la ventana (de la mente) abierta y apreciar todo lo que pueda entrar, evaluando su utilidad y no solo su apariencia. En ocasiones llegará volando una carta extraviada que debías recibir, en otras llegará viento, polvo o lluvia y algunas veces serás tú quien lance un avión de papel con un poema escrito sin dedicatoria. Por pequeños intervalos cierras la ventana para organizar adentro y luego volverás a abrirla para recibir lo nuevo. Saber en qué momento cerrar o abrir esa ventana a nuestro propio interior requiere sabiduría, que paradójicamente iremos a adquirir con la práctica de abrir y cerrar, recibir y dar.
En marzo de este año fui bombardeada por contenido concatenado sobre la procrastinación, en abril y mayo me invadió el viaje a través del tiempo y en junio, la muerte del ego. Sé que pueden parecer asuntos completamente inconexos, pero lo que hizo que esas invasiones de temas prosperaran en mi mente fue justamente la cuarentena; y todas estas bombas de información acabarán convertidas en conocimiento, que compartiré a través de mis avioncitos de papel, en mi perfil de Medium.
Marzo: justo antes de encerrarme, había comenzado una serie de Podcasts de la profesora en filosofía Lucia Galvão, en el canal de Nova Acropole. El primero y el detonante del tema fue una conferencia en la que se hablaba del libro ¨La guerra del arte¨, que leí inmediatamente después. Aborda la lucha contra la ¨resistencia¨, una fuerza interna contraria a nuestros deseos de realización personal que nos hace quedarnos en el sofá en lugar de hacer eso que deberíamos estar haciendo, como escribir aquel libro, grabar esa canción, lanzar ese negocio, pintar aquel cuadro, desarrollar esa aplicación, hacer el curso que nos prometimos hacer o aquella cosa que nos acerca más a eso en lo que nos convertiremos o nos queremos convertir.
La resistencia se agudiza cuando estamos a punto de conseguirlo y muchas veces nos dejamos ganar, dando como resultado una sociedad de seres inconclusos, cuadros sin terminar, edificios abandonados, libros no escritos y música no creada, que de cierta forma nos hace más miserables, porque estamos privando a nuestra especie de nuestro talento y potencial de crear. Al igual que la paz, que es un asunto de responsabilidad colectiva, pero inicialmente interno, porque no puede existir paz colectiva sin paz interior y personal. Así que, por muy aislados y enfadados que podamos estar con el mundo exterior, tenemos una responsabilidad con él que empieza con nosotros mismos.
El asunto de la procrastinación en marzo pasó de la conferencia al podcast, del podcast al libro y del libro a tener una catarsis conclusiva cuando vi por decimo-quinta vez El Viaje de Chihiro, de Hayao Miyazaki, película a la que recurro cada vez que quiero reconciliarme con mi Yo niña. Más bien, cuando necesito recibir consejos de ella, que es la versión más pura, fuerte y creativa de mí misma. En esta decimo-quinta lectura, descubrí sutilmente que la capacidad de crear nace a partir de las realidades más distorsionadas del mundo en el que estoy y que el viaje dura tanto como dure el proceso de aprendizaje. Una vez haya aprendido lo que tenía que aprender, recuperaré mi identidad, como Chihiro recupera su nombre y su vida. O sea, que la hostilidad actual del mundo es gasolina para la creatividad y que solo honrando esa creatividad me sentiré mejor conmigo y con lo externo.
Habiendo interiorizado esto, me dispuse a hacer unos cuadros con tizas pastel, que me hicieron sentir mejor y más dispuesta a lanzar este proyecto en el que escribo cosas semanalmente. La procrastinación ya no será solo un concepto en mi memoria, sino que día a día puedo mirarla a la cara e invitarla a salir por la ventana para continuar creando.
Abril y Mayo: Comenzando abril, estaba frente a Netflix anhelando una sugerencia interesante para dos horas de entretenimiento e información mientras oscilaba publicaciones en Facebook, cuando me topé con una imagen cursi de Your Name, película que un par de años atrás había visto y decidí que merecía otra oportunidad, por la gran admiración que le tengo a la cultura japonesa y su modo de contar historias. Aquí inició mi travesía 2020 sobre viajes en el tiempo, que diría yo, me susurraba desde enero, cuando comencé a leer El fin de la eternidad de Isaac Asimov, que en resúmen, habla de un grupo de científicos que invirtieron sus vidas en viajar a través del tiempo en modernas cápsulas para garantizar la continuidad de las civilizaciones.
Este viaje tomaría fuerza cuando Netflix lanzó el 17 de abril el primer episodio de El Rey: eterno monarca, que no solo aborda viajes en el tiempo, sino que retrata dimensiones/mundos paralelos como el entorno del romance característico de los dramas coreanos. Aquí ya sentía el peso del bombardeo, cuando de repente, lanzan el trailer de la tercera temporada de Dark, llega a mi vida Un punto azul pálido de Carl Sagan y veo una vez más Donnie Darko.
Me vi en la obligación de sumergir, aunque sea la cabeza, en la teoria de la relatividad de Einstein, en la mecánica cuántica y sus implicaciones filosóficas y metafísicas. Destaco que éste será para mí el tema de 2020, porque todavía no concluyo mi archivo mental sobre él, pero dentro de las perlas que he rescatado de este viaje, encuentro que efectivamente es posible viajar a través del tiempo, digo, todos lo hacemos desde que nacemos hasta que morimos, de manera lineal, aunque también es posible dilatarlo o contraerlo, ya que, nuestra percepción del tiempo está directamente relacionada a la velocidad a la que viajamos versus la fuerza gravitacional que nos atrae. Es decir, que si viajamos en una nave a la velocidad de la luz hacia el espacio y demoramos afuera el tiempo suficiente, al regresar, nuestros seres queridos estarán más viejos aunque nosotros parecieramos no haber envejecido. (Pueden buscar en Google sobre el astronauta Sergei Krikalev que vive 0,02 segundos en el futuro debido a sus constantes visitas al espacio que suman casi 804 días). Pero aquí la incognita es si podemos viajar varios años o siglos al pasado o al futuro y como el ¨qué¨ ya está practicamente resuelto, la ciencia trabaja en el ¨cómo¨.
Podría dedicar un texto exclusivo a lo que he aprendido sobre esto y hacerles spoilers de algunas series y películas para tratar de ilustrar los descubrimientos científicos con escenas claves para comprenderlo. De hecho, lo haré, porque en el futuro, ya lo publiqué. Lo más valioso de lo aprendido hasta ahora es que, aunque descubramos cómo movernos a través del tiempo, la muerte física tambien forma parte de esa carrera y es inevitable, lo que resalta la importancia del tiempo física y filosóficamente, porque es solo gracias a él es que podemos existir, dándole visibilidad a los asuntos de nuestra vida que realmente importan, minimizando los que solo nos lo roban. Cuando el asunto es de tiempo, nos toca priorizar.
Como el viaje en el tiempo continua, no puedo darles un cierre definitivo; la información me sigue bombardeando y necesitaré más aviones de papel para lanzarles desde mi ventana. Así que continuaré con el siguiente mes.
Junio: La muerte del ego me llegó en forma de invierno, el frío me impidió continuar mis exploraciones amateurs del cielo nocturno y por el contrario tuve que permanecer con la ventana física cerrada para evitar un resfriado que se confundiera con coronavirus. Mi ventana interna permanecía abierta y había concluido La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, así que me invadió una angustia de querer renunciar a todo lo que no me generara valor: objetos, ideas, pensamientos y creencias amontonados en una caja de donaciones a nadie. Ahí empezaron los bombardeos, primero en forma de podcast sobre história y cultura general en la voz de Diana Uribe, luego en recomendaciones de un par de libros, que de forma profunda abordan temas de filosofía y religión. Cómo piensa el mundo de Julian Baggini y Cómo transformar tu vida de Gueshe Kelsang Gyatso, un conocido monje budista tibetano.
No por casualidad la muerte del ego me comenzó a bombardear después de haber interiorizado la procrastinación, la responsabilidad de crear, y profundizar apenas lo justo y necesario sobre las propiedades del tiempo y nuestra carrera contra él. Aquí es cuando cierro por un instante la ventana y me dispongo a ordenar. Al fin y al cabo la principal realización humana es vivir bien y feliz y eso no es posible si no hacemos la paz con nuestro propio caos.
En muchas doctrinas religiosas, teorias psicológicas y escuelas filosóficas se habla de lo necesario de reducir nuestro propio ego para recibir algo mejor y más puro. En el cristianismo es menguar a nuestro ego para permitir que Dios crezca en nosotros; en el budismo es utilizar la meditación como camino a la muerte del ego para encontrar la felicidad y poder renacer espiritualmente en esta vida y en las vidas futuras y en la psicología de Carl Jung, la muerte del ego es el equivalente a ¨la transformación fundamental de la mente¨.
De lo aprendido en este nuevo bombardeo de información, me encuentro en este estado de reflexión: muchos de los problemas que sacuden a los seres humanos como especie y como sociedad, es el apego y la vanagloria (como lo menciona el budismo y el cristianismo respectivamente), que nos impiden percibirnos y percibir el mundo como realmente es. El apego a lo material, a situaciones, ideas y personas que en lugar de retribuirnos la felicidad que esperamos, nos traen sufrimiento. Tengamos como premisa que lo que produce felicidad pura y constante no puede producir sufrimiento.
La muerte del ego es invertir en nuestro espíritu, no por reprimir nuestros deseos, sino por evitar llevar una vida llena de agendas y eventos pero completamente vacía. La muerte del ego nos permite ser amables entre nosotros, es dejar que nos brote la solidaridad de especie asumiendo que nacemos y morimos bajo las mismas condiciones y que nuestro paso por el mundo debe reflejar servicio y gratitud, además de recordarnos la responsabilidad que tenemos con el otro. El ego no tiene nada que ver con el amor propio porque contrario a este, del ego solo brota odio, solo en la base del odio es que un ser humano puede percibirse superior a otro.
De esta forma estoy estudiando, como en tres actos, sobre mi responsabilidad con el mundo, mi carrera a través del tiempo y lo importante que es dejar morir mi ego para ser, frente a cada ser vivo, alguien más amable, que esparza paz y sobretodo, alguien feliz.
A la luz de futuras conclusiones, dejaré abierta la ventana nuevamente y seguiré lanzando aviones de papel con poemas sin dedicatoria, para todo aquel que me lee en busca de lo mismo que yo encuentro en las buenas historias. Hasta el siguiente viaje.