Es curioso cómo todas las personas solo conocemos una vida, pero somos capaces de morir más veces de las que somos capaces de vivir.
Morimos un poco cuando nos avergonzamos de decir lo que pensamos y morimos cuando renunciamos a algo de nosotros mismos por temor a no encajar. Morimos cuando queremos vivir la verdad de otro y morimos cuando jugamos a no herir y a no ser heridos. Morimos cuando le tenemos miedo a la vida.
Morimos con cada persona amada que se ha ido y morimos cuando renunciamos a un sueño genuino. La muerte nos puede generar tedio, porque estamos demasiado acostumbrados a ella; porque morimos todos los días, cuando se nos da la oportunidad de vivir algo nuevo y nosotros elegimos siempre la muerte. Morimos en la rutina y morimos porque la vida nos sabe a muerte. Morimos porque matamos el tiempo y morimos porque nos ahorramos las energías y un cuerpo que se la pasa toda la vida ahorrando energías, es solo materia inerte. Morimos porque renunciamos a nuestra fuente de vida, morimos a nuestra creatividad y al manantial de ideas que proporciona nuestra mente. Morimos aferrados a una certeza incomprobable, por miedo a que la verdad nos haga sentir vivos. Porque preferimos la muerte. Morimos porque todo el tiempo estamos buscando formas de encerrarnos, nos gustan las cárceles, las jaulas para aves, los zoológicos y las peceras y nos acostumbramos a la idea de muerte porque lo contrario de la muerte no es la vida, sino la libertad. Así que constantemente ideamos formas de ver la vida solo a través de un cristal o de unas rejas. Porque eso que parece vivo, nos produce miedo, porque no conviene acercarse, no vaya a ser que nos haga sentir vivos.
Morimos porque somos apegados a objetos sin vida, más que al estar vivos; así que damos a cambio nuestras vidas para morir junto con ellos.
Vivimos de muerte y no de vida y la vida no acaba siendo más que un conjunto de varias muertes. Y si lo contrario de morir es ser libre, lo contrario de vivir no puede ser otra cosa que aceptar el cautiverio.