Probablemente me atrevo a hablar pocas veces sobre esto porque soy consciente que lo hago desde una posición privilegiada. En mi casa nunca faltó nada o alguien que le tendiera una mano a mis papás cuando no tenían para hacer el desayuno y era día de colegio.
Con los años, a ellos les comenzaron a pagar salarios más justos y aceptaron rutinas de 12 horas diarias; por eso, si ellos se sienten satisfechos estrenando carro, casa y muebles, yo los miro con admiración y no con desprecio. Yo sé que no les fue fácil. Mi papá (si de repente se lo cuestionan) es hijo de dos campesinos que dejaron atrás una vida en la Serranía del Perijá y se fueron hacia un pueblo a ofrecerles una vida más estable (y segura) a sus 8 hijos. Mi mamá es hija de dos personas que no terminaron el colegio y aun así pudieron amasar los frutos de un negocio próspero, que como todo lo que no se hace con un plan ordenado, quebró. Pero, por las circunstancias que hayan sido, recibieron educación y nos pudieron dar eso a mí y a mis hermanos. Me abrieron los ojos al mundo de las ideas y me enseñaron cuándo era momento de detenerme, hacer silencio y contemplar. Y este es uno de esos momentos.
El tiempo que he pasado en lugares donde prima la jerarquía, me ha revelado que tengo dificultad para reconocer la autoridad, principalmente cuando el único objetivo de esa afirmación es que la otra persona se sienta un paso más arriba de mí y vanagloriarse de eso. Es en ese desprecio por la jerarquía que reconocí mi profundo rechazo por la injusticia y la desigualdad. Puedo contar lo que he aprendido en 4 fases puntuales (me encanta enumerar):
La primera: cuando tenía entre 4 y 5 años vendía cosas con mi hermana. 4 libras de papa por mil pesos, medio litro de suero por dos mil, helados y cualquier cosa que nos generara algo de ganancias para comprar algún juguete que nos gustara mucho; no hay drama en eso, apenas una experiencia que me enseñó que las cosas tienen un precio y que alguien debe pagarlo, mis aspiraciones materiales en ese momento no eran gran cosa, lo esencial lo tenía asegurado; en casa teníamos lo básico y un poco más, así que podía preocuparme por lo superficial.
La segunda: estando en el colegio, entre primaria y bachillerato, probé las mieles del liderazgo. Era un colegio femenino y de religiosas, pero sin percatarme había entrado a la jerarquía. Acostumbraba a retar a mis profesores y visité varias veces la oficina de la directora. Tenia capacidad de persuasión, si no me engaña mi memoria, y un sentido del humor que nunca me ha abandonado. Gracias a él he salido bien librada de un par de situaciones incómodas. Pero toda esa elocuencia y voz de líder no me alcanzaron para cultivar amistades más duraderas, no digo auténticas, porque la mayoría lo fueron mientras duraron, pero eso me enseñó que las jerarquías muchas veces están llenas de soledad, había apoyado mi escalera en un muro social que veía en mí apenas la punta de un iceberg y eso no era suficiente para querer quedarse. Algo lamentable , lo reconozco. Pero aprendí lo frágil que son las relaciones en la adolescencia y lo difícil que se tornan más adelante cuando no se cultiva la amistad.
La tercera: en mi época universitaria quería purgar mis pecados disciplinarios con un comportamiento intachable. No más alcohol ilegal, no más fiestas entre semana, no más sermones sobre mi potencial desperdiciado. Esta vez iba enserio, quería llenar los zapatos que mis papás habían preparado para mí e hice honra de eso. Por primera vez ellos no tenían casi nada a reclamar de mí, no habían rebeldías, ni noviazgos problemáticos. Tenía 17 años y era una estudiante ejemplar, pero una porquería de compañera. Lo único que veía a mí alrededor era competencia. Menospreciaba a mis colegas, vendía trabajos académicos, tenía la buena opinión de mis profesores y me había ganado el desagrado de no pocos de mis compañeros de aula, hasta que empecé a madurar en serio y empecé a recordar el valor de la gente. Pero eso llegó en un momento en el que ya la mayoría tenía una opinión formada de mí, no necesariamente positiva y difícil de cambiar. Eso me enseñó que no siempre las personas estarían dispuestas a darme otra oportunidad y que las jerarquías sin carisma no funcionan. Nadie te insulta en la cara, pero el tiempo que no estás tu nombre es lanzado a la basura, masacrado, pisoteado y escupido. Luego te sonríen y te preguntan por algún artículo que hay que hacer en grupo. Una vez más, acabé una etapa en la que quedé con la sensación de no haber pertimido que las personas me conocieran. De nuevo, la nueva Yo no funcionó para forjar amistades duraderas y me sentí un poco miserable.
La cuarta: obtuve mi primer trabajo serio unas semanas después de graduarme y ya con otra cabeza, le mostré a la gente lo que era. Hice amigos con facilidad, pero algo no me terminaba de llenar. Me preguntaba constantemente ¿es necesario renunciar a partes de ti para encajar? La respuesta siempre fue No. Me sentí grata por poder compartirme finalmente y recibir cariño a cambio. Eso me enseñó que cada quien recibe lo que da y que me había estado faltando sembrar. Por primera vez en la vida me estaba sintiendo parte de algo y no en una pirámide. Aunque las jerarquías estaban más que marcadas en aquella empresa, no era yo quien les daba crédito y para mí eso era suficiente.
Aprendí entonces, que lo único que necesitaba era serme fiel a mí misma. Decidí aventurarme a estudiar algo que me apasiona, así que ahorré mi salario de un año, aprovechando que estaba en casa de mis papás y no tenía deudas, y con ese dinero me mudé de país y me sostuve durante algunos días hasta que conseguí otro trabajo.
Para entonces, ya estaba prácticamente convencida de cómo funciona el sistema. Aceptamos de buena gana ser esclavos asalariados, con el fin de pagar cuentas necesarias o sustentar lo que se convierte en nuestra obligación (como un hijo o unos padres enfermos) entonces firmé otro contrato. De frente a un posgrado en Cine me di cuenta que estaba pagando por algo que haría gratis y que eso solo es posible para alguien que tuvo el privilegio de preocuparse por nada más que su pequeña vida. Hice una retrospectiva.
Otra habría sido mi vida si en lugar de vender papas para comprar Barbies lo habría hecho para alimentarme, siendo huérfana o maltratada.
Otra habría sido mi vida si en el colegio, en lugar de mortificarme por la amistad o la falta de ella lo tuviese que haber hecho porque no tenía un techo bajo el cual pasar la noche. Probablemente el colegio no habría sido una opción.
Otra habría sido mi vida universitaria si en lugar de preocuparme por buenas calificaciones para mantener una beca, lo hubiese tenido que hacer para poder faltar a clases y cumplir con un trabajo de medio tiempo que me daba de comer a mí y a mi familia.
Otra habría sido mi vida si en lugar de salir del país a aventurarme por una vida independiente y un sueño artístico, lo hubiese tenido que hacer huyendo de la guerra o arriesgando mi vida en un barco de carga para que no me asesinen.
Poder pensar en esas posibles vidas con finales trágicos es ponerme en los zapatos de quienes los han tenido realmente. La empatia te baja del muro de la preeminencia y te lleva a recorrer las calles mientras te explica con una voz calmada que el privilegio es cuando tienes la opción de elegir lo que te motiva a hacer las cosas. Y cuando te acostumbras a vivir con empatia, empieza a desagradarte la crítica sobre la vida de los demás, te das cuenta de cuántos líderes a tu alrededor hablan de unión y de libertades por la sola vanidad de saberse escuchados, apoyados y aprobados.
De todas las veces que he muerto a mí misma y resucitado, mis favoritas siempre fueron las que me hicieron despertar sintiéndome miserable, porque justo en las veces en las que pude empezar de cero conmigo misma pude sedimentar con principios sólidos a qué cosas de mí necesitaba ser fiel para mantenerme en pie, tan firme que pudiera servir de apoyo para alguien que estuviera temblando de inseguridad, de miedo, con sed de justicia o con la falta de certeza de si algún día esta pirámide tendrá espacio en la cima para todos los que quieren subir. Decidí quedarme en tierra firme. De aquí no hay forma de caer.