
En las faldas de los Montes de María se levanta San Basilio de Palenque y en las cabezas de sus mujeres, la libertad es manifiesta.
A propósito de Mayo, el mes de la diversidad cultural, la cátedra de estudios afrocolombianos que desea implementar el Ministerio de Educación, es un destello de esperanza sobre la remembranza necesaria en la historia de lucha sobre la que se formó este país y el inconformismo que hemos venido perdiendo los colombianos con el paso del tiempo.
Hacer un poco de memoria nos recuerda que vivimos en un país con demasiados matices sociales, donde el 27% de los ciudadanos, según el Ministerio de Cultura, son negros descendientes de africanos, y que gracias al coraje de estos ancestros, hoy tenemos una de las culturas más ricas del planeta. Sólo hay que echar un vistazo a las historias del médico y etnólogo Manuel Zapata Olivella sobre las comunidades afro de Cartagena de indias y poner un poco de Chocquibtown o escuchar con detenimiento “La Fantástica” de Carlos Vives, para entender que en la historia de Colombia los negros no sólo nos atañen el ritmo en la sangre y las ganas de bailar, sino que también alegran los corazones de un pueblo que, pese a ser el más feliz del mundo, ha llorado bastante. Será por esto que las negras cocinan la alegría y la venden en forma de dulce y han sido protagonistas de momentos contundentes en la historia nacional.
Una majestuosa proeza se le atribuye a un grupo de esclavas de la Cartagena de siglo XVI, que sin títulos profesionales ni maestrías en topografía, condujeron una tropa de esclavos al refugio africano que se conoce hoy como San Basilio de palenque, un auténtico arenero donde conviven entre la música y las tradiciones africanas casi 4000 negros. Los hijos de los hijos, de los hijos de los africanos que escaparon del yugo español para proteger su libertad y mantener viva su herencia por siglos. El primer pueblo libre de América, y a decir verdad, pareciera que el único. Porque sin constitución, ni leyes, ni estratos, pudieron reconocer que tenían dos cosas en común que los haría permanecer unidos: eran seres humanos y tenían sed de libertad. Mezclaron sus lenguas africanas, adoraron a sus dioses y entre ellos levantaron un pueblo donde la diversidad defendió su propia cultura.
España con el honor herido intentó poner más condiciones a su libertad, imponiendo la lengua castellana y la religión católica, pero pudo más el arraigado sentimiento de los negros en querer proteger sus banderas. Por esto los colombianos estamos en deuda de contar la historia y contarla bien, antes de que se olvide por completo o peor, antes de que se repita. Y eso es precisamente lo que han venido haciendo palenqueros como Matilde Herrera, que ha dedicado más de media vida a propagar su cultura afrocolombiana en distintas partes del mundo. Con una sonrisa amplia que ronda los cincuenta años, se estira el cabello enmarañado y habla sobre las trenzas típicas de Palenque, porque es en ellas donde lleva tejida la historia de la sagacidad de las esclavas africanas que aprovecharon la subestimación de los colonizadores, subiendo a
los puntos más altos de su lugar de opresión y memorizaron con detalle los caminos entrecruzados para posteriormente, con la habilidad de un pintor veterano, dibujar en las cabezas de sus compañeras un mapa trenzado con la ruta hacia la libertad. Una estrategia de escape que aún hoy exalta el coraje de la mujer palenquera, la misma que no deja de sonreír mientras carga en su cabeza erguida unos cinco kilos de cocadas, caballitos, enyucados y otras delicias.
Desde el sillón de su sala, donde se asoman varios Congos de Oro en honor a su trayectoria como bailarina folclórica, Matilde cuenta que “durante la esclavitud las mujeres eran menos vigiladas que los hombres”. Pero esa famosa frase que dicta que detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer, se caería en esta historia, pues fueron los esclavos, liderados por Domingo “Benkos” Biohó, el primer general negro de América, quienes caminaron detrás de las esclavas, lideradas por su mujer, Wiwa. Y es que en sus cabezas no sólo llevaron los mapas, sino que aprovecharon los nudos típicos de los cabellos afro para ocultar trocitos de oro que extraían de las excavaciones y algunas semillas que asegurarían su alimentación en el sitio donde llegasen. Estos cultivos también sentaron la base económica del pueblo palenquero hasta nuestros días.
A pesar de que muchas afrodescendientes se han sometido a distintos tratamientos para alisar su cabello, otras simplemente llevan orgullosas las trenzas cuyo valor cultural en las comunidades afrocolombianas es incalculable, independiente de las transformaciones estéticas, que como explica la trenzadora Ana María Herazo, han ido desde las “trenzas libres” formadas por una serie de hileras sueltas entre cabello y postizos, y que surgieron como símbolo de libertad en el pueblo palenquero, hasta cualquier figura imaginable que pueda tejerse con el pelo. Ella cobra entre treinta y cuarenta mil pesos por hacerlas, duplicando el valor de un blower habitual. Porque las trenzas, al igual que los alisados con plancha o secador, son muy utilizadas por las negras en ocasiones especiales. En Palenque, por ejemplo, muchas mujeres se dedican a esta labor y no cuentan con una peluquería en el pueblo. No la necesitan. Como dicen los ancianos palenqueros, que tampoco necesitan el asfalto sobre las calles de arena, porque prefieren proteger la tierra. Ellos mismos hacen sus leyes consensuadas y se gobiernan sin gobernante, porque en este corregimiento de Mahates, Bolívar, no hay más alcalde que las canas. Incluso insisten en llamar al corregimiento “Palenque de San Basilio”, porque primero fue el pueblo que el santo, que llegó accidentalmente cuando los españoles transportaban la estatua del santo italiano hasta San Agustín de playa blanca, quedando este atascado por siempre en Palenque, como un presagio para los palenqueros de que debía quedarse para siempre.
Estos africanos hoy son tan colombianos como Santos y Juanes, como las FARC y Shakira, los indígenas y campesinos, los desplazados y los que llegaron para quedarse. Muestra de que nuestro país es el resultado del triunfo de muchas luchas, donde la ilusión de la paz ha venido en multiculturalismos. Habrá siempre una variedad de colores entre los momentos de luto colombiano, que aunque constantes, nos recuerda que la colonización nos dejó sin oro, pero los esclavos
nos regalaron un corazón negro. Y que si de unir al pueblo se trata, en la historia también está la solución. Hay que usar la cabeza.